Llevo pensándolo dos días y he llegado a la conclusión de que no me da la gana de que te hayas muerto. Cuando la vida te da un cerebro privilegiado, es tu obligación aportar tu ingenio al mundo. Durante muchos años. Y morirse no vale. Cuando eres un genio, morirse no es un derecho.
Y tampoco me da la gana porque un día, por casualidad, tengo que encontrarte en un bar, y tenemos que tomarnos algo juntos y pasar toda la noche por ahí, riéndonos del mundo, tocando el acordeón, escuchando tus historias y creyéndomelas porque me gustan. Y tengo que pasar muchos años contándole a todo el mundo la noche que conocí a Sergio Algora y anduvimos cerrando bares.
Y tienes que pinchar en todos los eventos importantes de mi vida. Y que actualizar el blog de vez en cuando para que yo empiece el día con esa mezcla de alegría y consciencia de la propia mediocridad que me generas. Y tienes que dar muchos conciertos, y escribir muchas nuevas canciones para que se vayan convirtiendo, una cada día, en mi canción favorita de todos los tiempos.
Y sobre todo, sobre todo, tienes que no haberte muerto para que me desaparezca esta sensación de angustia que me hace sentir gilipollas por querer llorar todo el rato por alguien a quien ni siquiera conozco.
Por eso dejo esto escrito antes de marcharme. No quería que pasara más tiempo sin decirlo. Así que vete tomando las medidas oportunas. Al fin y al cabo fuiste tú quien escribió eso de: "Cuando te matan si quieres demostrar lo hombre que eres sólo te queda la opción de resucitar."
Por cierto, ayer se me cruzó un erizo por primera vez en muchos años. Tenía una calvita. Pero ya no quiero despuar erizos.
viernes, julio 11, 2008
viernes, junio 27, 2008
INCOMUNICACIÓN
Un día Chica salió de casa por la mañana y olvidó el móvil. A lo largo del día lo echó en falta ya que normalmente hablaba con su novio una media de dos veces por la mañana y tres por la tarde. Supuso que Chico estaría preocupado y que, al llegar a casa, su teléfono estaría lleno de llamadas perdidas. Pero no fue así, ya que Chico también se lo había dejado olvidado.
Ambos se fueron a dormir extrañados y ambos despertaron con la seguridad de que en pocas horas recibirían una llamada de excusa. Y esperando llegó la tarde, y los dos empezaron a preocuparse. Fue Chico el primero en llamar, justo en el momento en el que Chica había salido a fumar. Al volver vio la llamada y, un poco aliviada, marcó el número de Chico. Pero Chico estaba hablando por el teléfono de la empresa y no pudo contestar. Y al sonar el último pitido, ambos pensaron “volverá a llamar”.
Así que de nuevo pasaron las horas esperando, y las horas se hicieron días, y la extrañeza dio paso al enfado, y a la tristeza y, finalmente, al olvido.
Algún tiempo después se encontraron por la calle. Ella calló los insultos ensayados durante años y lanzó una discreta acusación: “la verdad es que me hubiera gustado que todo hubiese acabado de otra manera”. Y él, entendiendo en sus palabras la disculpa tan esperada, respondió condescendiente: “son cosas que pasan”. Y así, cada uno siguió su camino con la certeza de haber sido, alguna vez, abandonados de la manera más miserable del mundo.
Ambos se fueron a dormir extrañados y ambos despertaron con la seguridad de que en pocas horas recibirían una llamada de excusa. Y esperando llegó la tarde, y los dos empezaron a preocuparse. Fue Chico el primero en llamar, justo en el momento en el que Chica había salido a fumar. Al volver vio la llamada y, un poco aliviada, marcó el número de Chico. Pero Chico estaba hablando por el teléfono de la empresa y no pudo contestar. Y al sonar el último pitido, ambos pensaron “volverá a llamar”.
Así que de nuevo pasaron las horas esperando, y las horas se hicieron días, y la extrañeza dio paso al enfado, y a la tristeza y, finalmente, al olvido.
Algún tiempo después se encontraron por la calle. Ella calló los insultos ensayados durante años y lanzó una discreta acusación: “la verdad es que me hubiera gustado que todo hubiese acabado de otra manera”. Y él, entendiendo en sus palabras la disculpa tan esperada, respondió condescendiente: “son cosas que pasan”. Y así, cada uno siguió su camino con la certeza de haber sido, alguna vez, abandonados de la manera más miserable del mundo.
viernes, mayo 23, 2008
CUANDO DESPERTÓ, EL DINOSAURIO SEGUÍA ALLÍ

Últimamente no dejo de pensar en Huevo. A todas horas. Obsesivamente. Supongo que tiene sentido que piense en él y no en otro. Pero nunca me había pasado hasta este punto. Soy como una quinceañera atontada. Cosas de las hormonas, supongo.
El caso es que, desde hace tiempo, he visto mermada mi capacidad para escribir. Y la culpa es de Huevo. Está en mi cabeza, pero me obsesiona no poder escribir nada sobre él. Podría decir mil cosas, como que me ha regalado una rana. Eso ya dice mucho de por qué le quiero. No podía ser de otra manera. Sin embargo, cuando intento plasmarlo, caigo en las frases hechas. Repito las metáforas y cursilerías que ya se han escrito mil veces. Palabrería. Soy una factoría de palabrería.
Intento buscar otros temas, pero ya nada es tan intenso como esto. El amor. Tan manido. Tan aburrido. Eso de intentar contarle al mundo lo que sientes cuando todo el mundo ha vivido o leído o escuchado mil historias como la tuya. Apesta.
Así que me doy por vencida. Ya van más de tres años y la cosa no mejora. Al contrario, va a peor. A veces tengo miedo de que, si esto sigue así, llegará un momento en que caeré en la tentación y lanzaré al mundo toda la basura emocional que lucho por contener. Diré cosas como "late mi corazón", "eres lo mejor que me ha pasado", "daría mi vida por ti". Y ya no habrá marcha atrás.
Por eso he decidido escribir las líneas definitivas. Mi primer y último escrito de amor "autobiográfico":
Ella abrió una bolsa de Matutano, y ahí estaba él. Sonrió y la regaló una rana. Y ella no tuvo más remedio que quererle hasta que se hicieron viejitos. Ahora pasan sus días flotando juntos, de la mano. Y no se puede ser más feliz.
jueves, abril 24, 2008
Y OTRO PAQUETE QUE SUELTO.

Antes de empezar a escribir sé que ésta va a ser una actualización larga. Porque lleva meses rondándome la cabeza y porque creo que merece la pena. Porque por una vez no voy a hablar de mí, ni de banalidades, ni voy a hacer chistes fáciles ni frases inconexas.
Llevo tiempo queriendo escribir sobre la gente que hace que me quite el sombrero, pero nunca he sabido por dónde empezar ni cómo hilarlo, así que recurriré a la escritura automática.
Ya sé que dije que no iba a hablar de mí, pero necesito una introducción, y ahí va:
Me llamo Lucía y soy optimista. Respeto a los pesimistas. Pero no soporto a los quejicas.
Me explico: Puede que seas feliz. Puede que intentes serlo y no lo consigas. Puede que no te interese lo más mínimo ser feliz. Pero odio con todas mis fuerzas a los que se dedican a llorar en público y no mueven un dedo por solucionar sus problemas, si es que los tienen. Me parece egoísta. Me parece despreciable. Me da asco.
Con esto no quiero decir, ni mucho menos, que como hay niños que se mueren de hambre no podamos llorar por lo que nos dé la gana. Cada uno tiene su rasero y lo que para unos es una tontería para otro es un mundo, y todos deberíamos respetar eso. Pero no puedo con esos aires melancólicos, esos suspiros, esas miradas perdidas y esos “tranquilos, no es nada, se me pasará”. Ese jugar a que tenemos unas vidas totalmente miserables y el cruel destino se burla de nosotros. Siempre pienso en la canción (“no te preocupes por aquella chica, todo es mentira, está actuando. Hoy le tocaba el turno a Janis Joplin y ella es esclava de su papel”). Porque lo siento pero no me lo creo. Supongo que todos sabéis a qué me refiero, y no creo que tenga que matizar para evitar herir almas susceptibles.
Pero yo no quería hablar de esto. Quería hablar de que para mí, ser optimista es una obligación. No una obligación en general, sino una obligación conmigo misma. Una autoobligación. Porque cuando el mundo se me cae encima por una rabieta miro a mi alrededor y veo a 20 personas a las que yo debería estar consolando, y no al revés. Porque a veces no me puedo creer la suerte que tengo y me da miedo pensar que no está en mi mano conservarla. Porque hay gente que me hace quitarme el sombrero una y otra vez. Gente que no merece mi compasión, sino mi respeto. Por echarle un par.
Suele decirse que cuando tocas fondo sólo te queda subir. No conozco a mucha gente que haya tocado fondo, la verdad. No por falta de motivos, sino porque han hecho todo lo posible por no llegar nunca a hundirse del todo. Y sin embargo sobran los que se dejan caer y esperan a que el resto les infle el ego para mantenerse a flote. Pues por mí que sigan bajando. Yo me quedo arriba.
Y al final no he escrito nada de lo que quería y he hablado de mí todo el rato. Y de lo que quería hablar es de todas esas personas que se me vienen a la cabeza ahora mismo. Personas con las que nos cruzamos a diario y cuyas miserias ni nos imaginamos. Una lista demasiado larga de gente a la que se le ha jodido la vida en un segundo. Pero jodido de verdad. Y sin embargo, los que aún pueden, lo han aceptado y han decidido vivir con ello. Y si tienen que pedir ayuda, la piden. Y si tienen que llorar, lloran. Pero todo ello en bajito y con la cabeza bien alta.
Porque hay que ser muy tonto para querer dar pena.
jueves, marzo 20, 2008
miércoles, marzo 05, 2008
S.
Cuando S. llegó al colegio, todas las niñas en edad de suspirar por un profesor, suspiramos. Yo siempre he sido muy de suspiros. Y estaba en la edad. Todavía hoy, cuando recuerdo su voz grave y sus vaqueros ajustados, sonrío como una idiota.
S. sabía que nos volvía locas, pero siempre estuvo en su sitio. Era implacable. Era temible. Era adorable.
Mi relación con S. fue complicada desde el primer día. Yo tenía su asignatura atravesada justo a la altura de la campanilla, además de un don para que todo se me fuera de las manos. Y ambas cosas le sacaban de quicio. Yo intentaba aprobar, y él intentara que aprobase. Pero era imposible. Yo intentaba estarme quieta, y él intentaba que me estuviera quieta. Pero era imposible.
Era realmente difícil sacar a S. de sus casillas, pero yo lo conseguía casi a diario. Nunca fue mi intención, pero uno a uno fui acatando los castigos y viendo cómo se le acababan los recursos. Un día me superé a mí misma y, cuando me sacó de clase, pensé que se iba a volver loco y me iba a matar. Pero no. En lugar de eso me miró a los ojos, y hubiera jurado que estaba a punto de llorar. “¿Qué voy a hacer contigo?”- me preguntó. Y ningún castigo me hubiera dolido tanto como la desesperación de sus palabras. Sólo se me ocurrió una respuesta: “¿Quererme?”. Pero no se rió.
A pesar de todo, siempre supe que era una de sus favoritas. Alternaba los castigos más crueles y las broncas más antológicas con momentos de complicidad y bromas que eran sólo nuestras. Y yo le adoraba.
Hace poco, casi diez años después, las cositas de la vida me llevaron de vuelta al colegio. Y allí estaba S. Diez años más viejo. La misma voz en un cuerpo menos imponente. Un cuerpo más entrañable que atractivo. Y una sonrisa de verdadera alegría.
S. me preguntó por mi vida, me reprochó tanto tiempo sin una visita, pero fue el único profesor que no mencionó sus peleas conmigo en el pasado. Como si sólo quedase lo bueno.
“Te veo más vieja”- bromeó. Y creo que ambos nos sentimos mayores de pronto. Ya no éramos alumna y profesor. Éramos dos adultos. Y eso significaba que había pasado mucho tiempo. Diez años.
Me quedé con ganas de hablar más con él. De contarle que me va bien. De preguntarle por su vida. De confesarle, por fin, cómo conseguía copiar en sus exámenes. De que se riera y, tal vez, se sintiera orgulloso. De saber si las niñas siguen suspirando por él. Y de decirle que, aunque hayan pasado diez años (y aunque pasen diez mil), siempre será mi superhéroe favorito.
S. sabía que nos volvía locas, pero siempre estuvo en su sitio. Era implacable. Era temible. Era adorable.
Mi relación con S. fue complicada desde el primer día. Yo tenía su asignatura atravesada justo a la altura de la campanilla, además de un don para que todo se me fuera de las manos. Y ambas cosas le sacaban de quicio. Yo intentaba aprobar, y él intentara que aprobase. Pero era imposible. Yo intentaba estarme quieta, y él intentaba que me estuviera quieta. Pero era imposible.
Era realmente difícil sacar a S. de sus casillas, pero yo lo conseguía casi a diario. Nunca fue mi intención, pero uno a uno fui acatando los castigos y viendo cómo se le acababan los recursos. Un día me superé a mí misma y, cuando me sacó de clase, pensé que se iba a volver loco y me iba a matar. Pero no. En lugar de eso me miró a los ojos, y hubiera jurado que estaba a punto de llorar. “¿Qué voy a hacer contigo?”- me preguntó. Y ningún castigo me hubiera dolido tanto como la desesperación de sus palabras. Sólo se me ocurrió una respuesta: “¿Quererme?”. Pero no se rió.
A pesar de todo, siempre supe que era una de sus favoritas. Alternaba los castigos más crueles y las broncas más antológicas con momentos de complicidad y bromas que eran sólo nuestras. Y yo le adoraba.
Hace poco, casi diez años después, las cositas de la vida me llevaron de vuelta al colegio. Y allí estaba S. Diez años más viejo. La misma voz en un cuerpo menos imponente. Un cuerpo más entrañable que atractivo. Y una sonrisa de verdadera alegría.
S. me preguntó por mi vida, me reprochó tanto tiempo sin una visita, pero fue el único profesor que no mencionó sus peleas conmigo en el pasado. Como si sólo quedase lo bueno.
“Te veo más vieja”- bromeó. Y creo que ambos nos sentimos mayores de pronto. Ya no éramos alumna y profesor. Éramos dos adultos. Y eso significaba que había pasado mucho tiempo. Diez años.
Me quedé con ganas de hablar más con él. De contarle que me va bien. De preguntarle por su vida. De confesarle, por fin, cómo conseguía copiar en sus exámenes. De que se riera y, tal vez, se sintiera orgulloso. De saber si las niñas siguen suspirando por él. Y de decirle que, aunque hayan pasado diez años (y aunque pasen diez mil), siempre será mi superhéroe favorito.
martes, febrero 12, 2008
Mi pequeño hogar para perdedores

Hace tiempo decidí crear un hogar para perdedores. Al principio los recogía en parques, tugurios y en los anuncios clasificados de los periódicos. No tardaron mucho en llegar por su propio pie, guiados por ese instinto natural para el fracaso que nos caracteriza. Así que pronto tuve un numeroso ejército de desgraciados. No teníamos mucho espacio, por lo que tuve que descartar a los aquejados por una mala suerte pasajera y quedarme sólo con aquellos en cuya cuna, al nacer, se había posado la derrota.
Formábamos, contra todo pronóstico, un grupo bastante feliz: nadie tenía desdichas mayores que las de su vecino, por lo que carecía de sentido contarlas o regodearse en ellas. Los juegos duraban tanto como queríamos debido a nuestra incapacidad para ganar.
Mi función allí era muy simple: curaba sus heridas, les arrullaba si no podían dormir y les contaba un cuento cada noche. Jamás les consolaba. No era eso lo que venían buscando y, en cualquier caso, no es algo que yo hubiera podido darles.
Reconozco que debí darme cuenta. Era tan feliz con mi pequeño hogar para perdedores que no reparé en el cambio que se iba produciendo. Sé que soy la única culpable, que debí preveer las consecuencias. Y no hay día que no lo lamente. Así que no me detendré en describir mi sorpresa cuando una mañana encontré a mi ejército reunido con sus mejores galas y el equipaje preparado. Comprendí por sus caras que estaban dispuestos a comerse el mundo. Y el olor de mi miedo se mezcló con la peste a catástrofe.
Tanto tiempo sin fracasar les había creado la falsa ilusión de que se habían curado. Se veían capaces de enfrentarse al mundo y triunfar en él. Yo misma, tratando de enseñarles a llevar su condición con orgullo, les había convertido en algo mucho peor: perdedores con ansias de triunfo; animales sedientos de un éxito que jamás conseguirían.
Por orden, como en un ritual, me besaron en la frente y salieron por la puerta. Sólo uno se quedó a mi lado. Juntos, desde la ventana, les vimos correr hacia su nueva vida. Uno a uno fueron tropezando y cayendo. Algunos no se levantaban. Otros aullaban como animales heridos y corriean a esconderse. Por un momento había pensado que, tal vez, lo lograrían. Pero entonces, viendo aquel patético campo de batalla, supe que ninguno volvería jamás a mi lado. u recién adquirido orgullo les llevaría a cualquier lugar lejos del mundo. Lejos de mí.
Lloré con todas mis fuerzas por mi pequeño batallón de perdedores, y entonces recordé a aquel que segía a mi lado.
-¿Por qué no te fuiste con ellos?- Pregunté. Y ese tipo al que cada noche desde hacía años había leído cuentos para dormir, me acarició la cabeza y dijo: -Pensé que merecías que alguien te abrazase cuando volvieras a fracasar.
jueves, enero 17, 2008
AÑADA DE ANA LA FRIOLERA

Vivían en Norteña,
una ciudad costera
donde la mar era gris
y la lluvia eterna.
Ella pasaba frío
apenas la noche llegaba.
Con una manta a cuadros
él la arropaba.
Prometieron quererse
mientras el frío existiera.
Él la llamaba Ana La Friolera.
Tuvieron un riña
y él la dejó marchar.
Supo que no volvería;
no vuelve la ola al mar.
Ella pudo llevarse
todo lo que tenía
pero dejó olvidado
el frío que sentía.
Ahora, bajo la manta a cuadros,
él trata de coger el sueño.
Desde que ella se marchó
allí siempre es invierno.
Y la buscó sin descanso
desde San Pedro a Las Mestas.
Teme morir congelado
una noche de estas.
La gente me llama insensato,
yo aún doy mi vida entera
por sólo una noche
por sólo una noche
con la chica friolera.
(Será mejor que sigas cobijando mi culo-iceberg bajo tu manta a cuadros.)
lunes, enero 14, 2008
Me temo a mí misma.

Cuando una idea me ronda la cabeza, ya no hay quien me frene. Ni yo misma repitiéndome a cada segundo que es una estupidez. Ni todas las personas sensatas que me digan que es la locura más grande que podría cometer. Ni la lista de inconvenientes que supera por mil a uno la lista de ventajas. Ni que la única ventaja sea que me apetece y punto.
Soy una cabezona con la cabeza grande.
jueves, diciembre 27, 2007

A veces no te das cuenta de lo importante que fue alguien para ti hasta que relees lo que escrbías en aquella época, escuchas los cd's que grababas o repasas atentamente las fotos.
Puede ocurrir que, muchos años después, descubras que aquella tontería que ni siquiera entonces parecía tener sentido cambió tu vida. Te cambió a ti. Participó en la creación de lo que hoy ves en el espejo.
Las emociones son algo tan abtracto que a menudo cuesta recordar lo que sentíamos en un determinado momento. Y por eso ciertos actos nos parecen crueles, porque despojados del sufrimiento que los contextualizaba nos convierten en algo que no queremos haber sido. Que nos negamos a recordar haber sido.
Del mismo modo, las cosas buenas que hicimos por un impulso se transforman en simples estupideces.
Me asombra lo rápido que hacemos borrón y cuenta nueva. La velocidad a la que normalizamos situaciones y mantenemos relaciones cordiales con personas a las que un día juramos amar u odiar eternamente. Lo olvidamos, fueron chiquilladas, algo que no merece la pena ni siquiera recordar a no ser que sea para reirse. Pero ocurrió. Y a la persona que un día fuimos, hace no tanto tiempo, le pareció un mundo.
Hoy te he encontrado entre mis recuerdos. No a ti, al de ahora, al que no hace tanto que no veo. Sino al de entonces. A lo que fuimos. O no fuimos. A lo que dejamos de ser. Y por primera vez he sido consciente de lo que significó para mí todo eso.
Así que gracias. Porque, a pesar de todo, he sonreído al recordarlo.
martes, diciembre 04, 2007
Volver
martes, noviembre 28, 2006
CHAU PESCAU
Creo que ha llegado el momento de hacer lo que llevo haciendo meses sin decirlo en voz alta: abandonar este blog. He pensado mucho acerca de cerrarlo o no cerrarlo, y he decidido que ha de quedar abierto. No voy a seguir con él porque su sentido (que algún día lo tuvo) hace mucho que desapareció.
No sé si realmente ya alguien pasa por aquí, pero yo me he hecho a la idea de que no y por ello lo utilizo a veces como medio de desahogo o para anotar incoherencias varias. Otras veces, sin embargo, empiezo textos que nunca publico porque recuerdo que hay gente que tiene esta dirección. Así que hasta aquí puedo escribir.
Tal vez algún día lo retome, cuando ni yo misma lo recuerde. Pero eso será algún día...como buena Víctima del Mentol ;-)
No sé si realmente ya alguien pasa por aquí, pero yo me he hecho a la idea de que no y por ello lo utilizo a veces como medio de desahogo o para anotar incoherencias varias. Otras veces, sin embargo, empiezo textos que nunca publico porque recuerdo que hay gente que tiene esta dirección. Así que hasta aquí puedo escribir.
Tal vez algún día lo retome, cuando ni yo misma lo recuerde. Pero eso será algún día...como buena Víctima del Mentol ;-)
sábado, noviembre 18, 2006
CAMBIOS
Hace poco/mucho/algún tiempo, un profesor de la carrera con el que no tenía una gran relación me encontró por el pasillo y me dijo "Todavía llevas coletas, ¿eh?" Yo, con mi chulería de niñata que todo lo sabe le contesté "Es que hay cosas que nunca cambian". Él sonrió y con algo de sorna dijo antes de irse: "Todo cambia tarde o temprano. Hasta las niñas con coletas".
Me revienta admitir que tenía toda la razón del mundo. Aunque a veces me siga poniendo coletas.
Me revienta admitir que tenía toda la razón del mundo. Aunque a veces me siga poniendo coletas.
martes, octubre 31, 2006
Un día todos los seres humanos decidieron desnudarse. Empezaron por sus ropas, poco a poco, como un ritual. A continuación se deshicieron de su pelo y de su piel. Siguieron por órganos, músculos y huesos hasta reducirse a simples almas al descubierto.
Al principio se sentían extraños. Paulatinamente fueron habituándose. Algunos caminaban tranquilos, otros se escondían pudorosos. La mayoría comentaba sus impresiones sobre lso demás.El mundo se convirtió en un paisaje de almas errantes buscando su sitio.
Nada, absolutamente nada, cambió ese día.
Al principio se sentían extraños. Paulatinamente fueron habituándose. Algunos caminaban tranquilos, otros se escondían pudorosos. La mayoría comentaba sus impresiones sobre lso demás.El mundo se convirtió en un paisaje de almas errantes buscando su sitio.
Nada, absolutamente nada, cambió ese día.
domingo, octubre 29, 2006
28-10-2006
Dicen que nunca se está preparado para la muerte. Y es cierto. A medida que crecemos se nos va preparando para muchas cosas. Para el futuro, para lo que nos encontraremos o puede que nos encontremos. Pero nunca para la muerte. Es inútil. Cuando la madre de tu amigo te comenta que va a ver a su hijo a los rallyes porque no soporta la agonía de esperarle en casa, tú te ríes y respondes que lo máximo que le puede pasar con las medidas de seguridad que lleva, son un par de huesos rotos. Y cuando al día siguiente su hijo muere en un rally, es imposible estar preparado para enfrentarse a lo que eso supone.
¿Cómo le dices a su madre que te equivocaste? ¿Cómo miras a su padre destrozado? ¿Cómo soportas el llanto de sus (tus) amigos, esos tipos duros capaces de comerse el mundo? ¿Qué le dices a su hermana cuando te pide que no llores? ¿Cómo superas la muerte de alguien a quien conoces de toda la vida y a quien le quedaba toda otra vida? Es imposible estar preparado.
Nunca hasta hoy había visto a un muerto. Al menos uno de verdad. Y no pensaba hacerlo. Pero su hermana me dijo que entrara. Que estaba bien, guapo. Eso último es cierto. Hasta muerto estás guapo. Pero es mentira eso que dicen de que cuando te mueres parece que estás dormido. Estás muerto. Y se nota. He visto a Cristian dormido unas mil veces. Esta vez estaba muerto. Lo primero en que me fijé es en que estaba pálido. No pálido como él era, sino como un muñeco. Pero ahora sólo puedo recordar los labios. Labios de muerto. Es lo único que me hace pensar que todo esto es cierto. He visto sus labios y eran labios de muerto.
Ayer y hoy he tenido mucho tiempo para pensar. Han sido muchas horas en las que nadie hablaba. Nadie se miraba. Nadie se tocaba. Sólo sentíamos. Y pensábamos. Yo he reflexionado sobre la muerte, en general. Siempre ha sido la cosa que más he temido en el mundo. Y siempre me he negado a creer que dejemos de existir, sin más (aunque el resto de alternativas tampoco me convenciesen). Ahora me he dado cuenta de que la muerte me da más miedo que nunca, pero no la propia, sino la ajena. Evidentemente, no quiero morir. Le temo al dolor, a todas las cosas que me dejaré sin hacer y todas las personas que sufrirán por mí. Pero, seamos sinceros, el muerto es el único que no llora en el entierro. Así que la idea de dejar de existir, sin más, no me parece ya tan aterradora. Si hay que morir, que al menos no seamos conscientes de ello.
Y mi cabeza me lleva a la avioneta. Al pánico que sienten algunas personas cuando nombras esa palabra. Personas que, sin embargo, no temen el ponerse en carretera ni miran hacia arriba en busca de cornisas desprendidas. Cris nunca subió a una avioneta. Pero corría en rallyes. Yo no conozco a nadie que haya muerto en una avioneta. Hasta ayer no conocía a nadie que hubiera muerto en un rally. Pero sí en accidentes de tráfico, de largas en fermedades o de un tiro en la cabeza.
Si alguien me dijera: "tienes que morir mañana, tú eliges cómo" seguramente escogería la avioneta. Tal vez Cristian hubiera escogido el rally.
Mientras escribo esto mi cerebro salta de una cosa a otra. A la salida del entierro alguien decidió romper el silencio con un aplauso. Y todos nos unimos. Tal vez no sea lo más adecuado. Pero algo había que hacer. No podíamos quedarnos ahí, en silencio, mirando, llorando, pensando. Ese aplauso fue un "adios", un "te quiero", un "¿por qué?". Fue la explosión de todo lo que llevabamos dentro.
Estoy francamente cansada. Podría seguir escribiendo sin ton ni son toda la noche. Pero lo único que quiero expresar con este texto, igual que con aquel aplauso, es CRIS, DESCANSA EN PAZ.
¿Cómo le dices a su madre que te equivocaste? ¿Cómo miras a su padre destrozado? ¿Cómo soportas el llanto de sus (tus) amigos, esos tipos duros capaces de comerse el mundo? ¿Qué le dices a su hermana cuando te pide que no llores? ¿Cómo superas la muerte de alguien a quien conoces de toda la vida y a quien le quedaba toda otra vida? Es imposible estar preparado.
Nunca hasta hoy había visto a un muerto. Al menos uno de verdad. Y no pensaba hacerlo. Pero su hermana me dijo que entrara. Que estaba bien, guapo. Eso último es cierto. Hasta muerto estás guapo. Pero es mentira eso que dicen de que cuando te mueres parece que estás dormido. Estás muerto. Y se nota. He visto a Cristian dormido unas mil veces. Esta vez estaba muerto. Lo primero en que me fijé es en que estaba pálido. No pálido como él era, sino como un muñeco. Pero ahora sólo puedo recordar los labios. Labios de muerto. Es lo único que me hace pensar que todo esto es cierto. He visto sus labios y eran labios de muerto.
Ayer y hoy he tenido mucho tiempo para pensar. Han sido muchas horas en las que nadie hablaba. Nadie se miraba. Nadie se tocaba. Sólo sentíamos. Y pensábamos. Yo he reflexionado sobre la muerte, en general. Siempre ha sido la cosa que más he temido en el mundo. Y siempre me he negado a creer que dejemos de existir, sin más (aunque el resto de alternativas tampoco me convenciesen). Ahora me he dado cuenta de que la muerte me da más miedo que nunca, pero no la propia, sino la ajena. Evidentemente, no quiero morir. Le temo al dolor, a todas las cosas que me dejaré sin hacer y todas las personas que sufrirán por mí. Pero, seamos sinceros, el muerto es el único que no llora en el entierro. Así que la idea de dejar de existir, sin más, no me parece ya tan aterradora. Si hay que morir, que al menos no seamos conscientes de ello.
Y mi cabeza me lleva a la avioneta. Al pánico que sienten algunas personas cuando nombras esa palabra. Personas que, sin embargo, no temen el ponerse en carretera ni miran hacia arriba en busca de cornisas desprendidas. Cris nunca subió a una avioneta. Pero corría en rallyes. Yo no conozco a nadie que haya muerto en una avioneta. Hasta ayer no conocía a nadie que hubiera muerto en un rally. Pero sí en accidentes de tráfico, de largas en fermedades o de un tiro en la cabeza.
Si alguien me dijera: "tienes que morir mañana, tú eliges cómo" seguramente escogería la avioneta. Tal vez Cristian hubiera escogido el rally.
Mientras escribo esto mi cerebro salta de una cosa a otra. A la salida del entierro alguien decidió romper el silencio con un aplauso. Y todos nos unimos. Tal vez no sea lo más adecuado. Pero algo había que hacer. No podíamos quedarnos ahí, en silencio, mirando, llorando, pensando. Ese aplauso fue un "adios", un "te quiero", un "¿por qué?". Fue la explosión de todo lo que llevabamos dentro.
Estoy francamente cansada. Podría seguir escribiendo sin ton ni son toda la noche. Pero lo único que quiero expresar con este texto, igual que con aquel aplauso, es CRIS, DESCANSA EN PAZ.
sábado, octubre 14, 2006
miércoles, octubre 11, 2006
LAS COSITAS DE LA VIDA

Hay una idea que me ronda la cabeza hace días. Realmente no es una idea, es una historia...o algo. Es una estupidez.
Hace 7 años, 8 meses y 17 días me levanté, como un día más, para ir al colegio. Mientras desayunaba escuché una noticia en la radio que me llamó la atención: una pareja de enamorados había saltado desde el Acueducto cogidos de la mano o algo así. En el momento me pareció romántico, incluso bonito. Un final de película. Mientras me ponía el uniforme pensaba en estas cosas. Como dice N.V. "todo el mundo fantasea con una muerte dramática". Y más a los 15.
Ese mismo día, al llegar a casa, recibí la noticia que hizo que esa fecha se marcara en mi memoria para siempre. Y de repente la historia de los enamorados del Acueducto me pareció terrible. Y el hecho de haberla escuchado ese día, una ironía de la vida. Maldita ironía.
Años después aterricé sin saber por qué en Segovia. Evidentemente en aquel momento ni siquiera recordaba a la pareja. Un día, paseando con Charlie, vimos a unos chavales correr por encima del Acueducto. Una cosa llevó a la otra y al final me acabó contando la historia de su madrina. Así que hace 7 años, 8 meses y 17 días, mientras yo me ponía el uniforme y pensaba en los amantes del Acueducto, Charlie recibía una noticia, casi la misma que yo recibiría horas después, aún con el uniforme puesto. Es fácil pensarlo con el tiempo, pero si me paro sobre ello me inquieta. Pienso en si ella se enteraría antes o después de que yo lo escuchara por la radio. En si tendría el uniforme puesto. En cómo la cambiaría aquella noticia. En cómo cambió para mí. En cómo cambié yo aquel día. En dos niñas de uniforme que, pasados los años, hablan debajo del Acueducto de cosas que vivieron hace tiempo. El mismo día. Hace hoy 7 años, 8 meses y 17 días.
Hace poco Laura vio caer a un señor de una ventana. En ese momento no pensé en los enamorados, ni en Charlie. Pero lo hablé con Felipe. Y entonces él me contó que hace años, una mañana camino del trabajo y con el uniforme ya puesto vio como alguien saltaba desde el Acueducto. Una pareja. Hará unos 8 años. Y yo sólo pude contestar que lo recordaba. Que había sido el 25 de Enero de 1999. Y no sé por qué no puedo parar de pensarlo. Felipe y yo nos conocimos por casualidad. Nos volvimos a ver por casualidad. Y muchas veces pienso en cómo sería su vida antes de que nos conociéramos. Y ahora sé que hace 7 años, 8 meses y 17 días vio a la madrina de Charlie y a su novio saltar desde el Acueducto, poco antes de que ella se enterara. Poco antes de que yo lo escuchara por la radio. Los tres llevabamos uniforme. Tal vez ellos, como yo, descubrieron por primera vez que es verdad que la gente se suicida. Y que no tiene nada de bonito.
Ahora me gustaría saber todas las cosas que tengo en común con la gente desde antes de conocerla. Pero es imposible, y eso me pone nerviosa.
Ya dije que era una estupidez.
martes, septiembre 19, 2006
“Mi madre no me deja ser aviadora porque todos los domingos me rompo el pantalón”.
Era mi juego de comba favorito. El resto de la canción era una estupidez digna de Rebelde Way. Pero esa frase me fascinaba. Y me fascina. No entiendo su significado. Pero me ha seguido todos estos años. A menudo la canturreo. Creo que se debe al hecho de que yo siempre me rompía el pantalón. Y me lo rompo. Y a la palabra aviadora. Suena bien. Me gustaba la idea de ser aviadora. Nunca me lo planteé en serio, claro. Ser aviadora no era un trabajo tan importante como astronauta, escritora o granjera. Pero me parecía bonito para mis ratos libres. Yo iba a ser tantas cosas…De pequeña nunca decía: “si fuera profesora, actriz, enfermera…”. No. Decía siempre “cuando sea profesora, actriz, enfermera…”. Porque iba a ser todo. Porque daba tiempo. 80 años, ya ves. Como para ser una sola cosa.
El caso es que ahora voy a ser lo más parecido a aviadora que puedo. Y mi madre me deja pero tuerce el morro. Y me sigo rompiendo el pantalón. Tal vez la única diferencia sea que ya no creo que me de tiempo a todo…
Mirar por la ventanilla de la avioneta me hace reír. Todo parece una maqueta. Un país de juguete. A las personas ni siquiera se nos ve desde ahí arriba. Y ayer empecé a pensar en cuando era pequeña y saludaba a los aviones creyendo que me veían. Igual que saludaba a los barcos por si era mi padre. Igual que lo sigo haciendo. Y me imaginé que había alguien abajo saludándonos. Y me puse muy contenta. Me dieron ganas de saludar. Pero me dio vergüenza. Me gusta el trabajo. No me gustaría perderlo por parecer tonta.
Pero cuando veáis pasar una avioneta, ¡saludad! Porque va a ser genial ir por ahí arriba y saber que alguien me hace gestos. Igual, cuando lleve más tiempo, os devuelvo el saludo.
Y ahora a ver qué foto pongo.
miércoles, septiembre 06, 2006
BIENVENIDOS AL MUNDO REAL
Sentimos comunicar a lo asistentes que las azafatas también sudan, se cansan, tienen gases, se despeinan, comen, sienten y padecen...
No se devuelve el dinero. Y los bolígrafos que les hemos dado no escriben.
No se devuelve el dinero. Y los bolígrafos que les hemos dado no escriben.
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